*De verdad ¿eres lo que te gusta?. Un ejercicio autorreflexivo.

“You are what you like”  es el nombre de un sitio web que con base en las cosas que te gustan y que marcas con un “like” en facebook te dice “quien eres” en materia emocional, intelectual y política. Sin entrar en detalles de existencia filosófica, no suena bien desde el  principio: tomar el test para saber quién eres y luego sorprenderte con que efectivamente tiene correspondencia, encendió en mi cabeza varias alertas.

La primera de ellas es la conciencia que se toma, de la cantidad de información que proporcionamos al decir “lo que nos gusta”, tanto así que permite crear un perfil bastante cercano de nosotros mismos (otro aplauso para los algoritmos) que está disponible para todo tipo de demandantes de datos (empresas, consultoras de investigación de mercado, agencias de inteligencia, etc..), y cuya aplicación amerita una entrada aparte en este blog.

Y a pesar de la paranoia seguida de resignación, la segunda de las alertas fue la que se quedo conmigo y es la referida a la propuesta misma del concepto:

“Eres lo que te gusta”, un eslogan poco original y muy de moda por estos días (“eres lo que comes”, “eres lo que lees”, “eres lo que escuchas”) pero con una verdad lacerante: el peso de “los gustos” en nuestras vidas. Inevitablemente pensé en Bourdieu y en el que ha sido seleccionado como el sexto libro más importante en Sociología del siglo XX: Distinction: A Social Critique of the Judgment of Taste y traducido al español comoLa distinción. Criterios y bases sociales del gusto”.

Bourdieu analiza la capacidad del “gusto” para hacer distinciones, clasificar y juzgar. Algo tan cotidiano como la forma en que decoramos nuestra casa, en que nos vestimos, lo que escuchamos, lo que comemos, habla a gritos de quiénes somos y mejor aún “de lo que queremos ser”, porque  de sus investigaciones se concluye que hay un abismo entre el discurso y los hechos, ya que hay cosas consideradas de “buen gusto” es decir “legítimas” y cosas que no, todo esto por los vínculos que se suponen existen entre ellos y el origen social y el nivel cultural del interlocutor. En la siguiente entrevista Bourdieu lo explica con claridad:

 

Si queremos revalidar esta teoría no basta sino echar una mirada a las redes sociales, un escenario de permanente construcción de identidad mediante la expresión de nuestras elecciones. Debo admitir que aún en los momentos de mayor desidia, es posible ver a Bourdieu entre nosotros y es que abundan los ejemplos de que no somos auténticos para expresar lo que nos gusta por miedo al juicio que subyace bajo nuestra elección. En la reseña del libro “Hay que ser realmente idiota para o la infancia del antropólogo”, que gravita sobre el mismo tema, se describe con literalidad y destreza esta situación:

“El idiota -aquel sujeto que se encuentra consumiendo productos culturales no legitimados y, consciente de eso, tendrá que optar por dos actitudes: la indignidad cultural (y, por lo tanto, concederle razón al legitimismo) o bien asumirse como idiota y denegar los patrones cultos, cediendo al populismo”.

Un ejemplo práctico lo encontré en la película “días de vinilo” dirigida por Gabriel Nesci y reseñada por Diego Maté:cuando Damián (Gastón Pauls) le pregunta a Vera (Inés Efrón) qué música escucha y ella le dice “variado”: enseguida Damián la reta [regaña], le explica, indignado, que “variado” no significa nada, que él quiere que le dé un nombre concreto de un grupo o una canción que la emocione, porque eso es (según Damián en plan aleccionador) lo que la define, lo que la hace ser quien es, y más cosas por el estilo”.

Y así vamos por la vida, emocionándonos o decepcionándonos de la gente de acuerdo  a sus respuestas. Con esto no pretendo negar el poder de la afinidad para crear comunidad y valoración mutua, si no afirmar las restricciones que determinadas condiciones imponen a la expresión de nuestros puntos de vistas, de nuestra libertad.

El sacrificio de la autenticidad llega a puntos tales,  que hay personas que nunca dicen lo que les gusta, si no que lo que no (el reggaetón y Paulo Coelho ocupan los primeros lugares, sin duda). La lista es interminable pero previsible y así se va creando una elite musical, gastronómica o de simple apreciación estética que impide que los gustos reales emerjan y se socialicen.

Un ejercicio autorreflexivo doble, que al menos deja una nimia satisfacción: “querido algoritmo: no te las sabes todas, en los “likes” también se miente”.

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