*Huyendo de la guerra

*Cuando las memorias de la guerra emigran

  

Partir desde la propia tierra en busca de nuevos horizontes, es la idea básica presente cuando se piensa en un “migrante”.  No se trata de un commodity, ni de  flujos de información, ni de un simple factor de producción como ha querido simplificarlo la economía neoclásica a través del concepto de “capital humano”.

Un migrante es -al momento de partir- un proyecto colmado de incertidumbres y ausencias, y el éxito de ese proyecto va a depender de su habilidad de adaptación, de las redes establecidas previamente, de las oportunidades que le brinde el lugar de destino y, obviamente, de sus recursos.

Los niveles obscenos de acumulación de riqueza y de pobreza, las graves crisis humanitarias, la profundización de los conflictos internos, engendran estas poblaciones que asumen el riesgo de que el “afuera”, el “otro lado”, o el “lejos” debe ser mejor que lo que se encuentran viviendo.

Pero estas generalizaciones son sólo eso: ayudas analíticas para comprender el contexto; cada migrante, trae impreso el sello de su identidad, sus valores y sus razones. Una carga cultural y de realidad que es preciso reconocer en cada uno de los casos.

Argentina ha demostrado a través de la historia que reconoce la inmigración como un proceso necesario de su historia y pese a la selectividad que puede atribuírsele, posee hoy un marco jurídico moderno y en consonancia con los instrumentos internacionales vigentes al respecto.

Esta decisión de reconocer y otorgar los medios mínimos para que un inmigrante pueda adaptarse social y económicamente plantea, sin embargo, desafíos mayores  cuando se trata de poblaciones que pueden enmarcarse dentro del concepto de “refugiado”, que es definido en la Convención de Ginebra como aquella persona que: «debido a fundados temores de ser perseguida por motivos de raza, religión, nacionalidad, pertenencia a un determinado grupo social u opiniones políticas, se encuentre fuera del país de su nacionalidad y no pueda o, a causa de dichos temores, no quiera acogerse a la protección de su país; o que careciendo de nacionalidad y hallándose, a consecuencia de tales acontecimientos, fuera del país donde antes tuviera su residencia habitual, no pueda o, a causa de dichos temores, no quiera regresar a él».

Un refugiado trae consigo, además del desarraigo, la incertidumbre, la escasez de recursos y las ausencias propias del inmigrante, una carga emocional adicional: las marcas del conflicto, de la persecución y de la guerra.

Un reciente informe de ACNUR[1] revela que 2011 ha sido un año record en cuanto a desplazamiento forzoso; el alto comisionado de la ONU para los refugiados, Antonio Guterres así lo advierte: “El año 2011 ha sido testigo de un sufrimiento a escala épica. Ha sido tan elevado el número de personas que se han visto envueltas en situaciones de conflicto en tan poco tiempo, que ha tenido un costo personal enorme para todos los afectados”[2]

Un inusual guarismo que esconde tras de sí una ratificación de nuestro desacierto como humanidad, que corre con celeridad y desenfreno la carrera incierta de la tecnología, mientras ignora a las masas errantes que se acordonan, como pueden, en los márgenes de las ciudades y aspiran, cuando pueden, a ciudadanías de segunda categoría.

Este nuevo desafío para los países receptores que asumen el reconocimiento legal del refugiado, deba quizás asumirse desde nuevas miradas, donde el relato de los refugiados sea el que permita la comprensión del conflicto de origen, facilitando la construcción de los marcos de contención social adecuados.

Una muestra de este modo de comprensión puede apreciarse en el libro “Mujer, negra y desplazada: memoria de las víctimas” editado por la Fundación Forjando Futuros (Colombia) y la Asamblea de Cooperación por la Paz (España) que puede descargarse gratuitamente desde http://forjandofuturos.org/fundacion/descargas/mujer-negra-desplazada-memoria-de-las-victimas.pdf

Este libro es el resultado de una investigación realizada a partir de una mirada compleja mediante la convergencia de tres categorías problemáticas: la condición de mujer, afrodescendiente y desplazada, a través de las cuales se dialoga amargamente  con la miseria, la muerte, el destierro y el cuerpo femenino como territorio de guerra.

Relatos que permiten analizar los marcos jurídicos existentes para la atención de estas víctimas y la eficiencia de su aplicación, pero que no renuncian a la cándida referencia gráfica y literaria de la cultura afroamericana y sus herencias actuales.

En materia de políticas públicas, asumir como uniforme el fenómeno migratorio, es una simplificación analítica que es preciso dejar en el pasado y debe superarse a través de investigaciones enfocadas en la individualidad, la identidad cultural y la comprensión profunda de los conflictos de origen.

El refugiado no es un inmigrante más, es una madre sin hijos, es un hijo sin padres, es una mujer sin esposo, o es inclusive un viajante desierto que huye del hambre, de la guerra, y del bullicio silencioso de sus propios muertos.


[1] Informe “Tendencias Globales 2011” de la ACNUR, puede descargarse el archivo PDF desde http://www.acnur.es/PDF/tendenciasglobales_2011_spa_20120619151451.pdf

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